domingo, 6 de março de 2011
sábado, 22 de maio de 2010
Sonderkommando. En el infierno de las cámaras de gas. De Shlomo Venezia

Título: Sonderkommando. En el infierno de las cámaras de gas
Autor: Shlomo Venezia
Edita: RBA editores 2010
Idioma: españolENTREVISTA: Shlomo Venezia
"No teníamos elección. Mataban a los que trabajaban y a los que no"
Miembro de las brigadas que sacaban cadáveres de las cámaras de Auschwitz y los quemaban
Una entrevista de Miguel Mora
Ha cumplido 87 años y los ojos se le siguen llenando de lágrimas cuando cuenta lo que vivió en Auschwitz-Birkenau. Shlomo Venezia, judío sefardita, nacido en Salónica en 1923, pero de nacionalidad italiana, fue durante ocho meses y medio, desde abril de 1943 hasta diciembre de 1944, miembro de los Sonderkommandos, los comandos especiales formados por prisioneros judíos que se encargaban de aplicar la solución final moviendo los engranajes de la máquina del exterminio nazi. "El mecanismo funcionaba como una cadena de montaje", recuerda. "Unos acompañaban a los prisioneros que llegaban desde los trenes hasta las cámaras de gas; los ayudaban a desvestirse y a entrar en aquel sótano; cuando morían, 10 o 12 minutos después, sacaban los cadáveres, y otros les cortábamos el pelo, les quitábamos los dientes de oro y luego los metíamos en los hornos crematorios".
La infernal rutina ideada por los jerarcas nazis para convertir en ejecutores a los propios judíos ha perseguido a Venezia durante toda su vida. "Nunca se sale del campo, todo te recuerda a aquello", explica en un perfecto castellano que en realidad es ladino, el dialecto de los judíos de origen español. "Da igual cualquier cosa que hagas, lo que sea que veas o pienses, todo devuelve tu espíritu al mismo lugar".
Shlomo Venezia fue uno de los 70 supervivientes de los comandos especiales. "Durante mi estancia mataron a 741 de los nuestros". Antes de que llegaran los rusos a Auschwitz, Venezia logró escapar y llegar hasta Mauthausen. Desde allí viajó a Italia. Pasó siete años en el hospital, enfermo de los pulmones, y permaneció 47 años en silencio, sin poder asumir su experiencia. Un día de 1992, Venezia se dio cuenta, viendo en Roma una exposición de Anna Frank, de que volvía un clima antisemita. Animado por su alegre y valerosa mujer, Marika, una judía húngara 15 años más joven que él, con la que tuvo tres hijos y que desde hace 21 años se ocupa de la modesta tienda de ropa y bolsos de la familia situada a 50 metros de la Fontana de Trevi, el superviviente empezó a narrar su historia.
Desde entonces no ha dejado de hacerlo; en cientos de escuelas italianas y en los Viajes de la memoria a Auschwitz que organiza el Ayuntamiento de Roma -gracias a una iniciativa de Walter Veltroni- desde hace un par de décadas. "Shlomo ha ido ya 54 veces a Auschwitz", cuenta su esposa mientras esperamos en la tienda a que llegue su marido. "La primera vez que le invitaron dijo que no, pero al final se decidió a ir con un amigo para darse fuerza mutuamente. Pasó casi 50 años en silencio... No fue fácil. Cuando bañaba a los niños y le preguntaban qué era ese número tatuado en el brazo, les decía: 'Es el teléfono de una novia que tuve".
En 2006, Venezia se decidió a poner por escrito su testimonio, tan singular como crucial para desmentir a los negacionistas. Concedió una larga entrevista a la periodista francesa Bèatrice Pasquier, publicada como libro en enero de 2007 por la editorial Albin Michel con un prólogo de Simone Veil, ex ministra francesa y ex presidenta del Parlamento Europeo. Tras ser traducido a 19 lenguas, el alegato de este hombre honesto y limpio, injustamente acusado por otros supervivientes de haber colaborado con los nazis, llega ahora a España con el título de Sonderkommando. En el infierno de las cámaras de gas (RBA Editores).
Conociendo a Venezia, cobra más sentido lo que escribió en el prólogo Simone Veil, superviviviente de Auschwitz: "La fuerza de este testimonio se debe a la irreprochable honestidad de su autor, que sólo cuenta lo que él mismo ha visto, sin omitir nada".
Pregunta. ¿Cómo mantuvo su familia el ladino, viviendo en Grecia y siendo italianos?
Respuesta. No he reconstruido mi árbol genealógico, pero sé que fuimos expulsados de España por los Reyes Católicos y que acabamos en Italia. Otros fueron a Marruecos. Los judíos de entonces no tenían apellidos. Se llamaban Isaac, hijo de Salomón, por ejemplo. Muchos tomaron el nombre de las ciudades donde se instalaron. Por eso nosotros nos llamamos Venezia. En casa hablamos siempre ladino, aunque desde Italia se fueron a Salónica, no sé cuándo. Yo lo hablé hasta que hace siete años murió mi hermana. Una vez fui a España [adonde volverá el próximo día 26, con motivo de la publicación de su libro [y para un homenaje organizado por Casa Sefarad-Israel] a hablar de mi historia y un hombre me dijo: "Ha usado usted palabras que no se oían aquí desde hace 500 años". Por ejemplo, 'condurias', que quiere decir zapatos.
P. ¿Cómo era su vida en Grecia hasta que fue deportado?
R. Éramos muy pobres. Los judíos vivíamos en chabolas de hojalata en diversos barrios de Salónica. Mi hermano mayor estaba en Italia estudiando con una beca del consulado. Mis tres hermanas y yo estudiábamos en el Colegio Italiano. Mi padre murió de repente cuando yo tenía 11 años. Entonces tuve que dejar de estudiar para ayudar a mi madre. En 1938, mi hermano volvió a casa debido a las leyes raciales de Mussolini. Los alemanes habían ocupado Grecia y yo me dedicaba al estraperlo de tabaco. Se lo cambiaba a los soldados por medicinas para la malaria. La mitad las vendía para comer y la otra mitad para comprar más tabaco. Ahí aprendí un poco de alemán.
P. Le detuvieron en abril de 1944. ¿Qué pasó?
R. Estábamos en Atenas, bajo la ocupación italiana. A primeros de marzo promulgaron una ley que obligaba a los hombres judíos a pasar cada viernes por la comunidad para firmar en un registro. Un viernes nos encerraron allí y ya no pudimos salir más. Luego nos llevaron a la cárcel de Haidiri y en el patio encontramos a la familia. Nos dijeron que nos iban a mandar a Alemania y que nos darían una casa. Que los hombres tendríamos trabajo y las mujeres cuidarían de los niños. Una mañana nos llevaron al tren. No sabíamos nada de Alemania. No teníamos radio ni nada. Era el 1 de abril.
P. ¿Cómo fue el viaje?
R. Duró 11 días, no se acababa nunca. La Cruz Roja de Atenas nos dio unos paquetes con comida antes de salir y gracias a eso logramos llegar vivos. En mi vagón íbamos 65 personas. En total seríamos 1.500. Cuando llegamos a la Rampa de los Judíos, un lugar desde el que no se veía ni Auschwitz ni Birkenau, que era donde estaban los cuatro hornos, hicieron la selección. Eligieron a 320 hombres para trabajar y a 113 niñas para coser ropa. A los demás no los volvimos a ver.
P. Su madre y sus tres hermanas murieron ese mismo día.
R. Según supe días después, mi madre y mis hermanas menores, Marika, de 14 años, y Marta, de 11, fueron asesinadas con el gas Zyklon B a las dos horas de llegar. Al día siguiente le pregunté a un preso polaco y me dijo que no pensara en eso, que descansara y que ya me lo dirían. Le insistí, me cogió del brazo, me sacó fuera a ver la chimenea humeante y me dijo: "Todos los que vinieron contigo se están liberando". No supe qué pensar. Días después vi que tenía razón. Mi hermana mayor, Rachel, fue seleccionada para trabajar y se salvó. Ella nunca quiso hablar ni oír hablar del campo. Cuando todo acabó, tardé 12 años en encontrarla. Se fue a Grecia y luego a Israel porque estaba allí su novio, un francés al que conoció en Auschwitz. Murió hace siete años.
P. ¿Y su hermano?
R. Cuando los rusos liberaron el campo no nos vimos. Supe que estaba vivo y que había ido a Roma. Tardé siete años en verle. Tampoco quiso contar nunca nada. Casi nadie quiso contar nada nunca. Tampoco mis primos. Sólo yo pude.
P. ¿Empezaron enseguida a trabajar?
R. Al día siguiente. Primero nos cortaron el pelo y nos afeitaron el cuerpo entero, para purificarnos, supongo. Cada vez que llegaba un tren era el mismo rito. Muchos días llegaban cuatro o cinco trenes. Había dos médicos que te examinaban: te miraban por detrás, y si veían que tenías las carnes del culo flojas, te ponían aparte para darte un tiro en la nuca. A los demás nos duchaban y nos pasaban a una mesa larga donde nos tatuaban el número en el brazo. El mío es el 182.727. Después te daban la ropa de un muerto, por aquella época ya no quedaban uniformes. Ahí le pregunté a uno de Salónica por mi hermano y me dijo que se había salvado con dos primos.
P. ¿Luego qué pasó?
R. Nos metieron en el barracón de la cuarentena. Si estabas enfermo, te descartaban. Tenían menester de personas para trabajar. Un día vinieron a buscar a 80 personas y yo dije que sabía hacer de barbero. No era verdad, pero todos dijimos lo mismo. Pasamos tres semanas en el campo de trabajo, barracones 9 y 11, rodeados por una alambrada de espino. Un polaco me explicó lo que pasaba. "Somos el comando especial y hacemos esto y esto". Mi obsesión era comer. Me dijo que los que trabajaban en el comando comían un poco más que los demás. Y que cada tres meses hacían la selección para que no hubiera testigos.
P. Y empezó a trabajar de barbero.
R. Me dieron unas tijeras muy grandes, como de poda. Cortaba el pelo de las mujeres muertas. Usaban los cabellos para hacer ropa, y también para fabricar moquetas para los submarinos. Un amigo dijo que era dentista y le dieron unas pinzas y un espejito para quitar el oro de la boca de los muertos. Trabajábamos 12 horas al día. Una semana de noche y otra de día. Era uno de los mejores horarios.
P. ¿Los que llegaban sabían que iban a morir?
R. Nadie lo sabía. Te decían que ibas a la ducha y luego a la casa. Te asignaban una percha para la ropa con un número, y te decían que lo recordaras para que no te lo robaran. La capacidad de la cámara de gas era de 1.450 personas, pero muchas veces metían a 1.700. Los comandos les ayudaban a desvestirse y les acompañaban hasta la única puerta. El gas lo metían los alemanes desde fuera por unas trampillas del sótano; venían en un coche con el emblema de la Cruz Roja para engañarles, sacaban una caja de metal, la abrían y metían en los agujeros las piedrecitas impregnadas de ácido cianhídrico. Con el calor de la gente, las piedras soltaban vapor, y por eso los más fuertes trataban de trepar a lo más alto para salvarse. Morían como moscas. Desde fuera, un alemán miraba por la mirilla y encendía la luz para ver si todavía estaban vivos.
P. ¿Y luego llegaba el turno de los barberos?
R. Primero tenían que sacar los cuerpos desde la cámara hasta el atrio, donde estábamos los barberos y los dentistas. Era difícil sacarlos, porque los cuerpos estaban atenazados unos con otros. Cuando nosotros terminábamos el trabajo, se subían los cuerpos en el ascensor hasta los hornos. Cada horno tenía tres bocas, y se metían los cuerpos de dos en dos en cada boca. Esos turnos duraban también 24 horas.
P. Coincidió usted en el campo de exterminio con Primo Levi [escritor judío italiano autor, entre otros libros, de Si esto es un hombre, un relato sobrecogedor sobre su estancia en Auschwitz] . ¿Qué le parece lo que escribió sobre los comandos especiales?
R. Primo Levi hizo cosas que no debió hacer. Escribió mal de los que trabajábamos allí. Dijo que éramos los cuervos negros. ¡Ojalá hubiera sido yo un cuervo negro para poder salir volando de allí! Mejor eso que dejar de ser persona y convertirte en un número. No teníamos elección. Trabajando no pasabas frío, dormíamos junto a los hornos, y comías un poco más. Mientras yo estuve allí, entre septiembre y noviembre de 1944, mataron a 741 sonderkommandos. Y antes de que yo llegara, a algunos cientos más. De más de 1.000, solo nos salvamos 70 u 80. Y con mucha suerte.
P. ¿Y cómo es posible soportar eso casi nueve meses, formar parte del engranaje?
R. La primera semana no entendías cómo no te volvías loco. Tenías un pedazo de pan en la mano y pensabas: "Con esta mano he tocado a los muertos". Luego, el cerebro cambia, te conviertes en un autómata, no piensas, sólo esperas no toparte con gente que conoces, cuando veías un conocido era terrible. Yo me encontré con mi primo León cuando ya llegaban los rusos, el último día. Me llamó y casi no le reconocía. Hablé con un alemán, le pedí que lo salvara, me dijo: "Aquí no se salva nadie". "León, no hay nada que hacer", le dije, y le pregunté si tenía hambre. Subí a buscarle una lata de sardinas y se la comió en un segundo. Me preguntó cómo iba a morir, si duraba mucho, le acompañé a la cámara de gas y luego le saqué...
P. ¿Usted se ha sentido o se siente culpable de haber sobrevivido?
R. No me siento culpable de nada... Tuve suerte. A los que no querían trabajar los mataban, a los que trabajaban, también. Para ellos, matar a 100 o 1.000 era la misma cosa. A veces llegaban tantos que los mataban a todos sin seleccionar a nadie. Otras veces había tantos trenes, que los dejaban allí y se morían dentro antes de salir.
P. ¿Cómo fue el final?
R. Dieron orden de limpiarlo todo para no dejar pruebas. Empezaron a destruir los hornos, cada día usaban a 1.000 niños para quitar las tejas. Cuando dieron la orden de evacuar, fuimos andando tres kilómetros desde Birkenau hasta Auschwitz, allí la gente estaba loca de contenta. Los de los comandos íbamos juntos, nos metieron en un barracón, y a medianoche entró un alemán preguntando quién había trabajado en los comandos, pero nadie dijo nada. A las cinco empezó la marcha de la muerte. Al que se caía, lo mataban. Solo quedaron atrás los enfermos, no los podían enterrar. Anduvimos dos días a pie, durmiendo al raso, hasta Mauthausen... Luego vine a Italia, conocí a Marika, tuve tres hijos estupendos...
P. Y finalmente se animó a contarlo.
R. Nunca encontré a nadie que me contara nada. Ni mi hermana, ni mi hermano, ni mis primos quisieron hablar... En Israel conocí al jefe del comando que nos salvó la vida, pero ya estaba muy mayor.... Sólo quedaba yo...
Informa Maribel Ferreiro
sexta-feira, 11 de setembro de 2009
Cocina judía para celebrar la vida. De Debora Chomski (Entrevista)

Unha conversa con Débora Chomski de J.L.Argüelles (La Nueva España-05.09.09)
O Pobo do Libro, mais tamén o da boa mesa. Esta é unha das conviccións que a profesora Débora Chomski defende no seu libro «Cocina judía para celebrar la vida», volume que ven de publicar a editorial Trea na súa colección sobre gastronomía. Libro que é moito máis que un singular receitario internacional de comida «kasher». A súa autora, liga unha elocuente relación entre a cociña xudía e unha milenaria tradición cultural e relixiosa para a que o alimento é, tamén, respecto ao propio corpo e ao espirito. Antigas ensinanzas que soan case revolucionarias nestes inclementes tempos de «comida rápida» e «bocados lixo».

-Vostede afirma que a cociña xudía é un acto de amor con todos os sentidos, por que?
-Hai un factor emocional que ten que ver cos sabores da infancia, que mobiliza todos os sentidos. O libro é o resultado dunha inquietude por transmitir aos meus fillos, nunha contorna sen referencias e no que o xudeu é invisible, unha herdanza milenaria.
-Haberá quen sorría cando vostede subliña que a cociña xudía ten unha dimensión espiritual.
-No caso da alimentación xudía, que é «kasher» (suxeita a unha serie de prescricións e normas de preparación), onde se elixe moi ben o que imos comer en función dos nosos principios relixiosos e hixiénico-dietéticos, fica claro que cambia a relación co que inxerimos; é dicir: non comemos calquera cousa. No momento no que se dan as beizóns a un alimento, cambia a nosa relación con este, que se volve sacro.
-Como se foi enriquecendo esta cociña milenaria a partir da presenza, das idas e voltas do Pobo Xudeu por todo o mundo?
-Cóntolle unha anécdota persoal. Os meus avós son de Lituania, Polonia e Bielorrusia, pero emigraron a Sudamérica, onde tiveron fillos e netos; unha das súas netas, que son eu, está agora en Cataluña. Pois ben, en toda esa trasfega, os meus avoíños, que xa tiñan a súa cociña xudía, aprenderon a cociña de todos eses países, incluída a arxentina, que ten, á súa vez, moitas achegas da mesa italiana. Pois ben, eu fago as receitas da miña avoíña, máis as da miña mamá, de Arxentina, ademais das españolas que eu adecuei ás nosas tradicións. Creo que se trata dun camiño de ida e volta, de interinfluencias, no que a base son os alimentos que mencionan os nosos textos sacros. Pero claro, os ingredientes que se empregan en cada zona xeográfica ou o feito de ter un lume rápido ou outro lento xa cambia todas as cousas, o resultado final.
-Vostede establece distincións entre un e outro tipo de cociña xudía.
-A cociña xudía é unha, pero hai realizacións, pratos, que se adecuan a distintos espazos. Por exemplo, a sefardí, que é de orixe española, e a askenazí, que se desenvolveu fundamentalmente en Europa do Leste e Europa Central. Son produto de costumes relixiosos e gastronómicos particulares. Logo, hai países nos que se sumaron as cociñas locais ás sefardíes e askenazíes. É unha descrición esquemática, porque hai máis cousas.
-Hai quen pode pensar que as severas leis dietéticas («Kashrut») que pesan sobre a alimentación que toman os xudeus limita e condiciona, pero para mal, esa cociña e os seus resultados.
-Non só os xudeus teñen limitacións na súa alimentación. Os árabes seguen as súas prescricións; os budistas posúen, así mesmo, unha serie de normas; entre os cristiáns, os adventistas seguen, practicamente, as limitacións «kosher». Case todas as relixións teñen normas dietéticas. Si é certo que esas prohibicións obrigan a desenvolver o enxeño, a adaptar ou recrear receitas gastronómicas.
-Pode parecer absurdo que condicionemos a nosa inxesta de alimentos a algunhas frases veterotestamentarias.
-Esas frases teñen unha motivación hixiénico-dietética, que se explica pola dificultade para conservar certos alimentos. O consumo de porco xeraba, por exemplo, graves problemas de triquinose. Logo está a explicación relixiosa, espiritual, que é máis cabalística.
-A explicación relixiosa elabórase a posteriori para xustificar a prescrición hixiénica ou sanitaria?
-Eu creo que unha e outra cousa están relacionadas: saúde, experiencia e espiritualidade. Por iso é polo que unha vez superados os problemas derivados da conservación de alimentos, manténse aínda a dimensión espiritual, á que engádeselle a afectiva, de pertenza a unha comunidade.
-Permítame unha brincadeira, pero a moitos defensores do xamón parécelles un pecado gastronómico as súas prescricións sobre o porco.
-Si, claro, pero son costumes, normas que ten cada grupo e que lle permitiron preservarse.
-Cantas persoas suman as comunidades xudías que viven en España?
-Entre trinta mil e corenta mil persoas.
-Esas comunidades seguen a machada todo esas prescricións?
-O xudaísmo é bastante liberal. Os ortodoxos seguen todas as regras tal cal; os conservadores obedecen unhas cousas e outras non, mentres que os reformistas, que poden ter o seu equivalencia na reforma cristiá, expoñen cambios en función do ambiente e da contorna. Ben, é sempre unha cuestión de elección persoal.
-O seu libro reúne numerosas receitas, algunhas que conectan directamente cunha cociña máis moderna.
-Dou receitas moi antigas, algunhas mesmo dos xudeus españois e do norte de Marrocos; despois hai outras que son resultado de pasar a cociña moderna polo filtro «kasher». Xorde entón unha cociña innovadora, case molecular. Digamos que no libro expoño unha cociña versátil. O libro foi ben recibido, porque é algo diferente, cun receitario amplo.
*Débora Chomski Warcowicki reside en Barcelona. Con ampla formación en linguas e comunicación, imparte clases sobre comunicación e gastronomía no máster que sobre ambas disciplinas ofrece a Universitat de Vic. Forma parte, ademais, do L'Observatori de l'Alimentació da Universitat de Barcelona. Colaboradora de varias publicacións, é relatora e conferenciante habitual en cursos sobre relixión e gastronomía. É autora de «La lengua en los medios de comunicación». En «Cocina judía para celebrar la vida» ofrece unha visión renovada sobre a alimentación nunha das grandes culturas universais.
"Cocina judía para celebrar la vida"
Débora Chomski
Formato: 17 x 24
I.S.B.N.: 978-84-9704-429-5
376 páxinas
Idioma: español
P.V.P.: 35
L'Observatori de l'Alimentació http://www.odela-ub.com/index.htm